En medio de enormes transformaciones económicas y sociales, con la segunda fase de la Revolución Industrial en marcha, el ritmo del crecimiento capitalista, crecía también la explotación laboral. Las luchas por los derechos laborales crecían principalmente en los países industrializados. A fines del siglo XIX los trabajadores reclamaban la reducción de las horas de trabajo. Las jornadas laborales era muy extensas, de 12 a 16 horas por día, sin días de descanso, hacinados en las estas nuevas fábricas. Con sueldos miserables y la perplejidad de un mundo que cambiaba de forma acelerada.
Con la consigna “8 hs de trabajo, 8 hs de descanso y 8 hs para la recreación”, el 1º de mayo de 1886 en ciudades de Estados Unidos se organizó una gran huelga, esto derivó en una sangrienta represión que sufrieran los obreros de la fábrica McCormick, en la ciudad de Chicago.
Luego de varios días de conflicto, la policía reprimió un mitin pacífico y cuando se dispersaba la multitud una bomba estalló donde estaban las fuerzas policiales dejando varios muertos y heridos. Sin pruebas detuvieron y condenaron por el hecho a 8 trabajadores que no casualmente eran los organizadores de la huelga. De ellos, cinco fueron condenados a muerte, dos a cadena perpetua y uno a 15 años de prisión.
George Engel, uno de los “mártires de Chicago”, sentenciado a muerte en su alegato de defensa sostuvo: “¿En qué consiste mi crimen?, ¿en que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones, otros caen en la degradación y la miseria?”
En 1889, la Segunda Internacional decidió instituir el Primero de Mayo como jornada de lucha para perpetuar la memoria de los trabajadores que murieron luchando por una jornada de ocho horas, y mantener viva la lucha por los derechos de la clase obrera.






