El fenómeno del sobreendeudamiento en Argentina ha dejado de ser una estadística fría en las planillas de los bancos para transformarse en una problemática social de carácter estructural. No estamos ante una crisis de consumo suntuoso, sino frente a un modelo de supervivencia donde la deuda se ha vuelto el único recurso para cubrir lo elemental: comida, medicamentos y servicios básicos.
La radiografía de la asfixia: 6 millones al límite
Las cifras que arroja la realidad actual son contundentes y dibujan un escenario de fragilidad extrema. Según registros oficiales y de organizaciones especializadas, seis millones de argentinos no pueden afrontar los pagos de sus deudas, lo que representa aproximadamente a uno de cada cinco adultos en el país. La masividad del problema es tal que el 71,9% de los hogares argentinos debe apelar al endeudamiento para llegar a fin de mes, y uno de cada cuatro se encuentra en situación de mora técnica, con atrasos superiores a los 90 días.
Hernán Letcher, director del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), advierte que el problema no es meramente financiero sino salarial. «Una persona que cobra alrededor de 1.200.000 pesos hoy puede tener una deuda de 5 millones que contrajo con el supermercado para pagar comida. Al mes siguiente tiene que pagar la cuota y comprar comida igual». Bajo esta hipótesis, el endeudamiento funciona como un mecanismo de compensación ante el desplome de los ingresos reales, una trama de asfixia que se agudizó drásticamente durante 2025.
La feminización de la deuda y el cuidado
Dentro de este ecosistema de precariedad, las mujeres se llevan la peor parte. Existe una correlación directa entre las tareas de cuidado no remuneradas y la vulnerabilidad financiera. Según la Encuesta Nacional de Endeudamiento y Cuidados, casi tres de cada cuatro hogares con responsabilidades de cuidado encabezados por mujeres recurren a la deuda para financiar gastos esenciales.
Esta situación no solo afecta la autonomía económica, sino que impacta profundamente en la salud mental. Luci Cavallero, socióloga, señala que muchas mujeres viven la deuda como un «fracaso personal», cuando en realidad es el resultado de una desigualdad previa: salarios más bajos y una sobrecarga de trabajo doméstico que las vuelve crónicamente propensas a la morosidad. En los barrios populares, la deuda se traslada a redes informales y afectivas, agregando presiones comunitarias y de estrés a quienes ya enfrentan contextos de violencia o desamparo.
El «Salvaje Oeste» del crédito desregulado
Uno de los puntos más críticos de la actual crisis es el desplazamiento de los deudores desde el sistema bancario tradicional hacia el sector no financiero y las fintech, donde la regulación es laxa y los intereses son predatorios. Mientras que la mora en bancos públicos es del 10,13%, en los Proveedores No Financieros de Crédito (como cadenas de electrodomésticos) salta al 48,7%.
Las plataformas digitales y billeteras virtuales han democratizado el acceso al crédito, pero también han expuesto a los sectores más vulnerables a tasas que pueden superar el 500% anual. A esto se suma una persecución extrajudicial agresiva. Letcher denuncia métodos de cobranza que exceden los límites legales, incluyendo el «escrache» a familiares y empleadores a través de redes sociales. En el último escalón de esta degradación se encuentra el narcotráfico, que actúa como prestamista de última instancia en los barrios donde ni siquiera se pide el DNI, sino la dirección de los parientes para garantizar el cobro.

Las centrales llaman a movilizar
La Confederación General del Trabajo (CGT), junto a las dos CTA y la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP), lanzaron una campaña nacional destinada a visibilizar este fenómeno bajo una consigna clara: el endeudamiento no es una mala administración individual, sino una consecuencia directa de políticas que ajustan los ingresos y encarecen la vida. La iniciativa contempla una serie de acciones de alcance federal, que incluyen volanteadas masivas y la realización de un relevamiento propio dentro de los sindicatos para cuantificar con precisión cómo la deuda está devorando el salario obrero. El objetivo central de esta articulación es demostrar que, ante la caída del poder adquisitivo, el crédito ha dejado de ser una herramienta de progreso para convertirse en una «estrategia de supervivencia» destinada a cubrir necesidades básicas como comida, medicamentos y servicios.
Esta movilización, que tendrá su punto culminante el próximo jueves 20 de agosto con una marcha hacia el Ministerio de Economía, busca colocar la crisis de los hogares en el centro de la agenda política y sindical. Dirigentes como Cristian Jerónimo y Carla Gaudensi han señalado que esta protesta es el inicio de una «lucha larga», similar a las batallas dadas contra la reforma laboral, denunciando un sistema de desregulación financiera que beneficia a unos pocos empresarios y usureros. Al confrontar la postura oficial que define al sobreendeudamiento como un «asunto entre privados», las organizaciones convocantes exigen ser parte de la toma de decisiones económicas y proponer alternativas colectivas para rescatar a los casi seis millones de argentinos que hoy se encuentran atrapados en una mora impagable
Ante la inacción del gobierno nacional, que ha caracterizado la situación como «un asunto entre privados», el arco sindical y legislativo ha comenzado a movilizarse.
El ámbito legislativo como respuesta
En el Congreso, diversos proyectos de ley buscan dar una salida institucional a esta «trampa». Las propuestas incluyen:
- Programa de Segunda Oportunidad: Orientado a la reestructuración de pasivos y freno de ejecuciones para hogares.
- Límites a la usura: Iniciativas para topear las tasas de refinanciación de tarjetas de crédito y transparentar el Costo Financiero Total (CFT).
- Asesoramiento jurídico gratuito: Para proteger a los consumidores frente al acoso de los estudios de cobranza.
La deuda como disciplina
El análisis parece revelar que el endeudamiento familiar funciona como un dispositivo de disciplina social y concentración de ingresos en la usura. Si la gota que rebalsó el vaso en diciembre de 2001 fue la crisis de los ahorristas, cabe preguntarse si el próximo estallido será promovido por la crisis de los endeudados. Sin un cambio en la orientación económica que permita salarios por encima de la inflación, cualquier moratoria será solo una prolongación de la agonía en un país donde financiar la comida se ha vuelto el negocio más lucrativo para unos pocos y la condena para millones.





